En el Teruel del siglo XIV, dos jóvenes arquitectos mudéjares —Omar y Abdalá— compartían oficio, amistad y un mismo amor imposible: Zoraida, una hermosa joven que no sabía por cuál de los dos decidirse.
El padre de Zoraida, harto de la disputa, les lanzó un ultimátum: la mano de su hija sería para el primero que levantara la torre más bella y perfecta de Teruel. Los dos rivales aceptaron el reto. Ocultaron sus obras con andamios y cañizos para guardar el secreto hasta el último momento, y comenzaron a trabajar sin descanso, ladrillo a ladrillo, azulejo a azulejo, vertiendo en cada cuerpo de la torre todo su amor y toda su ambición.
Omar terminó primero y descubrió su obra ante la ciudad: era la Torre de San Martín. Pero los ojos de los turolenses no tardaron en descubrir que la torre estaba ligeramente inclinada. Cegado por la rabia y la vergüenza, Omar no pudo soportar el fracaso y se arrojó desde lo más alto.
Abdalá, enterado de la tragedia de su rival, terminó su torre con más calma y perfección: la Torre de El Salvador. Era impecable. Ganó el concurso y con él la mano de Zoraida. Se casaron, y Teruel heredó dos torres mudéjares para la eternidad: una inclinada, testigo mudo de una tragedia; otra perfecta, monumento al amor cumplido. La primera fue una historia de ambición; la segunda, de paciencia y belleza.
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